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Antisemitismo, 7-O y la familia Bibas

Radio Jai-Antisemitismo, 7-O y la familia Bibas

Por Héctor Schamis

En Estados Unidos viven el 40 por ciento de los judíos del mundo. Más de la mitad de ellos reportan haber modificado su comportamiento el año pasado por temor al antisemitismo. Ello incluye sentir aprensión de exhibir la estrella de David, usar una kipá, asistir a una sinagoga o compartir un post con contenidos judíos en las redes sociales.

Los datos surgen de una investigación de la organización Comité Judío Americano (AJC) en su reciente informe ‘El estado del antisemitismo en Estados Unidos 2024’. La misma pregunta en 2022 arrojó que un 38 por ciento había modificado su comportamiento el año anterior. En 2023 escaló al 46. Y ahora, tras la masacre del 7 de octubre y sus secuelas, asciende a un alarmante 56 por ciento. Similar incremento se registra en Europa, Australia y América Latina.

Soy de la intuición que no existe judío alguno que jamás haya sentido dicho temor, que nunca haya percibido la necesidad de evitar, ocultar y/o negar su identidad judía. Y más aún, que no encontrara conveniente renegar de su condición. Dado que mi teoría no tendrá verificación empírica alguna aquí, la uso como herramienta heurística, como lente para observar el antisemitismo, una forma de racismo milenaria.

Es que el antisemitismo exhibe rasgos de dominación hegemónica; la hegemonía entendida como “el orden natural de las cosas”. La obviedad que el sentido común no cuestiona; y al miedo lo gobierna el sentido común. Se trata de una distribución de poder basada en un consenso perverso, tanto que la discriminación logra que «el otro» reniegue voluntariamente de su identidad; algo así como borrar su ADN.

El antisemitismo es flexible, articulado en una permanente insidia discursiva. Por ello el antisemita acostumbra a negar ser tal cosa, se siente más cómodo definiéndose como “antisionista”. El fundamentalismo yihadista y sus propagandistas en Occidente usan el término “sionista” para descalificar a israelíes y judíos en general. Es siempre el agresor sionista, el invasor sionista, el ocupante sionista. Sionistas o no, ya que en sentido estricto no todos los judíos son sionistas, su verdadero problema es con los judíos.

El sionismo es un movimiento surgido a finales del siglo XIX y basado en la noción que el pueblo judío, una nación en una diáspora milenaria, es merecedor de su hogar político y jurídico. Es decir, su propio Estado. Como tal se trata de una ideología esencialmente nacionalista, un nacionalismo que la metáfora “familia extendida” ilustra acabadamente, de ahí la búsqueda de un “hogar”.

La presencia judía en lo que hoy es Israel está documentada desde tiempos inmemoriales, una obviedad bíblica. La inmigración judía, a su vez, también fue relevante durante siglos. Es el caso de judíos españoles en el siglo XV y portugueses en el siglo XVI al ser expulsados de la Península Ibérica. Judíos lituanos y ucranianos en el siglo XVII huyendo de los pogromos; y en el siglo XIX escapando de los pogromos de Polonia, Rusia y Ucrania. Si la solución de los dos Estados no ocurrió en 1948 durante la partición de Palestina fue porque Egipto, Jordania y los saudís se opusieron. Y, a propósito de particiones, piénsese en nuestros días. A pesar de guerras, conflictos étnicos y religiosos, dos Estados surgieron de la disolución de Checoslovaquia y siete de la ex Yugoslavia. No hemos visto ataques terroristas en estas nueve naciones por el sólo hecho de existir, hoy conviven en paz.

De ahí que la idea que los palestinos son nativos y los judíos trasplantados no resista la menor prueba empírica. Que además se reivindique a Hamás y su régimen criminal como la vanguardia de una lucha emancipadora es humillar a los propios palestinos, las víctimas cotidianas de Hamás. Dicha tesis ha sido un argumento inteligente entre las izquierdas de Europa y las Américas. Pretendida teoría postcolonial y narrada en la jerga pseudomarxista de la teoría de la dependencia, dicha operación intelectual ha fusionado a la izquierda de hoy con la arcaica derecha neofascista. Ello lo hace aún más peligroso. “From the river to the sea” propone eliminar lo que queda en el medio, el Estado de Israel y su población. Antisemitismo y antisionismo son sinónimos.

Con todo, no se puede negar que desde el 7-O el pueblo judío vive una encrucijada diferente, una realidad no experimentada desde 1945. No sólo en el Próximo Oriente, también su impacto y significado en Occidente. Esa fecha señala el cruel retorno al realismo de una historia en la cual, con excepción de un breve periodo, el antisemitismo ha sido la norma, “el orden natural de las cosas”. Es el despertar de haber creído que “nunca más” quería decir literalmente nunca más y haberlo dado por sentado, cuando era una aspiración, si no una utopía. Era un llamado a permanecer alertas y tener presente a las víctimas de aquel antisemitismo sistémico en Europa y no sólo en Europa.

Los juicios de Nuremberg de 1945-46, la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio y la fundación del Estado de Israel en 1948 marcan el inicio de un periodo extraordinario de la historia, la legitimación de la lucha contra el antisemitismo. Una suerte de “era dorada de los judíos”, en palabras del historiador Sebag Montefiore, cuando los judíos perdieron su “instinto por el peligro”. Pues el 7-O señala el fin de la inocencia, el haber creído que el antisemitismo era algo del pasado, sólo el recuerdo de los abuelos europeos. Por eso existe la expresión “judío del 7 de octubre”, es el judío de la diáspora, secular, cosmopolita, liberal e ilustrado, que despertó de su inocencia con la pesadilla de aquel sábado.

No sólo por el ataque terrorista. También fue despertar de una cierta ilusión progresista –propia de todo judío secular, cosmopolita, liberal e ilustrado, precisamente– despedazada cuando aquellos profesores, colegas y amigos en los campus de Columbia, Harvard y Penn reivindicaban la toma de rehenes, la violación de mujeres y la decapitación de bebés como un acto de resistencia. Una patada en los dientes, una inconcebible intimidad con el antisemitismo, delante de nuestros ojos y en los lugares familiares. Si el ataque del 7-O fue abominable, el espectáculo de la liberación de rehenes revuelve las tripas. Hamás es más que terrorismo y su constante violación del derecho internacional humanitario. Perturba su sadismo, su escenografía, la celebración de la muerte en un ritual necrófilo cuasirreligioso que ellos mismos corrompen. Hamás es capaz de asesinar a dos niños con sus propias manos, ejecutar a su madre y luego falsificar sus restos mortales.

La familia Bibas, sus rostros, la mirada del único sobreviviente, el padre de las criaturas a quien hicieron creer que se reencontraría con su familia, será el recordatorio cotidiano, el no olvidar y no perdonar. Se habla de lograr la paz o al menos un cese al fuego permanente. Es difícil pensar que Hamás quiera nada de eso viendo esas escenas. Tampoco quieren paz sus titiriteros en Teherán. El trágico final de la familia Bibas es la prueba contundente, la evidencia que quizás aleje la posibilidad de la paz por mucho tiempo. El tiempo por venir llevará sus nombres y sus rostros.

 

Héctor Schamis, es profesor en el Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Georgetown.
Fuente: ABC Opinión
Reproducción autorizada citando la fuente con el siguiente enlace Radio Jai

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